Santiago Rodríguez

De Enciclopedia Virtual Dominicana

Santiago Rodríguez
Santiago Rodríguez

Hay distintas versiones acerca del lugar en que vino al mundo. Hijo de Vicente Rodríguez y Josefina Masagó. Radicado en Sabaneta, ropietario de grandes hatos de ganado. Comerciante.

Militar. Coronel de las guerras de la Independencia, era el Alcalde Constitucional bajo el régimen de la anexión. Uno de los randes precursores de la Revolución Restauradora. Iniciador, junto a Lucas de Peña y otros combatientes, del movimiento insurreccional de febrero de 1863. Se pretendía un levantamiento simultáneo en varios puntos de la Línea y gran parte del Cibao, pero la muy comentada indiscreción de Norberto Torres, hizo precipitar la acción y fue ese uno de los factores determinantes del fracaso.

Santiago Rodríguez estuvo a la cabeza de los organizadores de la Guerra de Restauración, y tuvo el tino de escoger el momento histórico adecuado para lanzarse a la lucha armada cuando las condiciones habían madurado. A poco más de dos años de haberse impuesto el orden brutal de la anexión, ya el descontento y la rebeldía habían ganado cuerpo en el ánimo de los más diversos sectores sociales del país.

Comerciantes, productores agrícolas e incluso grandes terratenientes y hateros; la pequeña burguesía rural y urbana, como cosecheros de tabaco, artesanos, dueños de pequeñas industrias manufactureras, habían visto menguados sus ingresos y era cada vez más incierta su posibilidad de progresar. Las nuevas autoridades anularon la antigua moneda nacional y, en violación a su propia promesa, se negaron a recibirla cuando quienes la poseían acudieron a cambiarla por los signos monetarios que entraron en vigencia. Cuando vino a autorizarse el cambio, fue a una tasa sumamente onerosa, y ya las consecuencias eran irreparables. Los empleos públicos fueron otorgados a los españoles y los dominicanos quedaron marginados casi en su totalidad, yendo a engrosar las filas de los sin trabajo.

El antiguo ejército que daba cabida a una gran masa de ciudadanos, quedó convertido en las Reservas; y soldados y oficiales fueron obligados a volver a su situación original, sin importar el rango que hubiesen ostentado. El zapatero, el sastre y el fabricante de cerones para empacar tabaco, lo mismo que el jornalero, el dependiente de comercio, el rico agricultor o el gran comerciante, con sus antiguas insignias y su antiguo aire de autoridad, ahora retornaban a su situación original, sin derecho a vestir siquiera el uniforme del ejército español y sin paga puntual de cualquier remuneración que se le hubiese asignado en el papel.

Sobre la empobrecida población cayeron como castigo cargas y gravámenes impositivos hasta entonces desconocidos por completo por los dominicanos. A estos perjuicios económicos se agregaban la grosería y la arrogancia de los colonizadores frente a los nacionales. Entró en vigor una legislación severa, propia de la mentalidad semifeudal de la España monárquica, legislación a la cual no estaban acostumbrados los dominicanos, regidos desde siempre por cánones del código francés.

Una disposición obligaba a los campesinos a realizar trabajos públicos varios días a la semana, sin derecho a remuneración y bajo una disciplina de trabajo rayana en la de los tiempos de la esclavitud; otra los forzaba a reparar sus viviendas, cuando en aquellas atrasadas condiciones les resultaba poco menos queimposible disponer de fondos necesarios para esas reformas. Otra medida de las autoridades obligaba a los campesinos a servir de mochileros y a transportar de un distrito a otro los equipos decualquier contingente militar que pasara por su lugar. A la explotación y las arbitrariedades del régimen militar que imperaba, se sumaron las reaccionarias medidas del alto clero, especialmente las del obispo Bienvenido Monzón, fanática y ultra conservadora autoridad suprema de la iglesia. Declaró Monzón una cruzada de persecución contra la masonería, que entonces tenía un poder de congregación de gente influyente y un peso social imposible de menospreciar, ya que en ella se congregaban prestantes ciudadanos de las ciudades más importantes del país.

Monzón intentó forzar a los masones a disolver su asociación y entregar los archivos secretos de su orden. Prohibió, so pena de implacables castigos y bajo amenaza de excomunión, la prácticade cualquier otro culto que no fuera la religión católica. Llevó su fanatismo al extremo de negarles los servicios religiosos a los moribundos y los ritos fúnebres a los difuntos, en caso de que hubiesen sido masones o pertenecido a cualquier secta religiosa que no fuera la que este reaccionario obispo profesaba. Esa política religiosa de Monzón provocó reacciones adversas entre la gente sencilla del pueblo llano, hasta Pedro Santana la enfrentó indignado y aún en las filas de la iglesia, encontró su merecida respuesta, porque desde el seno de la misma salieron los numerosos sacerdotes que se levantaron al lado de la causa nacional. Esas causas objetivas, cuyas repercusiones no deben de haber escapado al tacto político de Santiago Rodríguez y sus compañeros de lucha, se emparejaron con las motivaciones ubjetivas que predispusieron al pueblo a la insurrección.

Ya la nación dominicana era una entidad mucho más fuerte que en 1844, cuando fue proclamada la República. Los años de lucha contra las invasiones haitianas, la labor de intelectuales patriotas y liberales y la experiencia misma alcanzada por la gente del pueblo, habían contribuido a fortalecer el sentimiento de la dominicanidad. Los dominicanos se sabían vinculados entre sí por sentimientos y tradiciones, costumbres y rasgos sicológicos, elementos culturales y atributos comunes, cultivados bajo los mismos símbolos nacionales y también en un territorio común, que habían sabido defender con las armas en las manos. Por eso, a diferenciade la lucha por la Independencia, cuando los dirigentes y caudillos tenían que arrastrar prácticamente al pueblo a la lucha nacional, en la Restauración las masas jugaron un papel mucho más activo que en cualquier jornadahistórica precedente, precisamente porque el entimiento nacional que las impulsaba era mucho más fuerte y había crecido en ellas la conciencia de que la anexión conspiraba tortalmente contra todos los valores de la identidad dominicana.

En esas circunstancias, Rodríguez se puso al frente de los preparativos insurreccionales. Encabezó la conspiración que condujo al levantamiento de febrero y aún después del fracaso de ese ensayo, se mantuvo en actitud de rebeldía. Se negó a aceptar las garantías condicionadas que ofrecieron los españoles a los implicados en ese alzamiento, se fue a territorio haitiano, convertido en base de actividades de los restauradores, y junto a Pimentel, Monción y José Cabrera encabezó el reinicio de la acción armada en gran escala a partir del Grito de Capotillo, el 16 de agosto de 1863.

Dirigió valientemente las operaciones iniciales que culminaron con la derrota de las tropas capitaneadas por Buceta y por Hungría y con su espada contribuyó a la limpieza en tiempo sorprendentemente corto, de toda la Línea Noroeste de tropas españolas. Como si hubiese sido esa su principal y exclusiva aspiración, a poco andar, Rodríguez se recogió en sucasa de Sabaneta y el 26 de agosto, cuando el sitio de Santiago asfixiaba como un cinturón de hierro ardiente a los españoles, una comisión de personalidades restigiosas formada por Felipe Limardo, Nicasio Tavárez, Doroteo Antonio Tapia, Alejandro Bueno, entre otros, visitó a Rodríguez para solicitarle que aceptara la presidencia del gobierno nacional que se estaba organizando. Rodríguez declinó la solicitud.

El 16 de septiembre volvió a dar señales de actividad, cuando viajó al Sur con José Cabrera en misión del gobierno, con vista a promover la idea de la revolución en esa importante región. Al chocar con expresiones de desorientación y desaliento de alguna gente, creyó prudente regresar a Santiago y rendir cuenta al gobierno. Aceptó el cargo de Comandante de Armas de Sabaneta, y el 17 de octubre de 1863 se le confirmó el grado de general debrigada. En una ocasión sustituyó interinamente a Pimentel al mando de las tropas que éste comandaba en la Línea.

Muy lamentablemente para la honra y el buen nombre de este destacado personaje, debe consignarse el hecho de que después de la guerra nacional y la reconquista de la soberanía, el general Rodríguez se puso al lado de la causa antinacional de Báez. En los trágicos días de la dictadura de los Seis Años, respaldó las gestiones para anexar la República a los Estados Unidos. En esa actitud, el general Rodríguez llegó a pelear contra sus viejos compañeros de armas de la Guerra de Restauración. Murió en 1879 a los 71 años. A él se le atribuye la fundación del pueblo de Sabaneta, en 1844, con pobladores de Dajabón, que según algunos historiadores, habían huido después de que tropas haitianas derrotadas en la batalla de 30 de Marzo en Santiago, incendiaran esa villa fronteriza.

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