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Emigración dominicana 1795- Siglo XIXDe Enciclopedia Virtual DominicanaLa emigraciónDesde 1795, cuando en el Tratado de Basilea Carlos IV cede a Francia la parte española de la Isla de Santo Domingo, —“acto odioso e impolítico”, lo llama Menéndez y Pelayo, en que los ciudadanos españoles fueron “vendidos y traspasados por la diplomacia como un hato de bestias”—, las familias pudientes comienzan a emigrar. Pocos años después, la insurrección de los haitianos, y sus sangrientas incursiones en la antigua porción española, que consideraban hostil, aceleran la emigración hacia Cuba y Puerto Rico, Venezuela y Colombia. Cuba, país próspero ya, recibe el núcleo principal de emigrantes; su cultura, que empezaba a florecer, madura rápidamente con el vigor que le prestan los dominicanos de tradición universitaria: es ya lugar común el recordarlo. La influencia dominicana no se limitó a la cultura intelectual: se extendió a todas las formas de vida social. Manuel de la Cruz, el crítico cubano, habla de “aquellos hijos de la vecina isla de Santo Domingo que, al emigrar a nuestra patria en las postrimerías del siglo XVIII, dieron grandísimo impulso al desarrollo de la cultura, siendo para algunas comarcas, particularmente para el Camagüey y Oriente, verdaderos civilizadores”. Hasta el primer piano de concierto que sonó en Cuba lo llevó una familia dominicana, la del Dr. Bartolomé de Segura, en cuya casa dio el maestro alemán Carl Rischer las primeras lecciones en aquel instrumento. Refiriendo el caso, el compositor Laureano Fuentes Matons comenta: “las familias dominicanas.., como modelos de cultura y civilización nos aventajaban en mucho entonces”. Pero entre 1795 y 1822 la emigración, si bien frecuentísima, no se consideraba definitiva: muchas familias conservaban allí puestas sus casas (así José Francisco Heredia), regresaban a atender sus intereses, y sus hijos aparecen concurriendo a la Universidad de Santo Tomás; sólo después de la última invasión de Haití la ausencia se hace irrevocable. Naturalmente, no todas las familias cultas emigraron: muchas hubo que permanecieron en el país destrozado, o porque sus riquezas no eran fácilmente transferibles, o porque no las tenían, o por apego al terruño, a pesar de que las tierras vecinas no se veían como tierras extranjeras, sino como porciones de la gran comunidad hispánica, entonces efectiva y espontáneamente sentida por todos sin necesidad de prédica 138 . Entre los primeros emigrantes se contó José Francisco Heredia 139, que llegó a ocupar el cargo de regente en la Audiencia de Caracas y el del alcalde del crimen en la de Méjico; hombre de acrisolada integridad y de bondad excepcional; historiador excepcional también por su don de emoción contenida, su honestidad intelectual, su firme amor a la justicia, su dolorido amor al bien. Del siglo XVIII recibió la fe en la humanidad, pero le tocó verla de cerca en delirios de crueldad y de odio. A sus Memorias sobre las revoluciones de Venezuela hay que atribuirles, dice el distinguido escritor cubano Enrique Piñeyro, “además de su valor como obra literaria... suma importancia histórica por los datos preciosos que contienen y por los documentos que las acompañan...” Hay en ellas “una seguridad de criterio, una imparcialidad de espíritu y una firmeza de pluma bastante poco comunes. Quizás de ningún espacio importante de la historia de la independencia hispano-americana exista otro trabajo que en su género pueda comparársele, tan completo, superior e interesante...”. Merece el autor “muy alto lugar entre los prosistas americanos de la primera mitad del siglo XIX; viene en realidad a ocupar un puesto que estaba vacío en la lista de los historiadores de la independencia, a igual distancia, por la absoluta, constante y sincera moderación, del tono panegírico que a veces debilita la puntual y elegante relación de Baralt como de la ceñuda hostilidad que cruelmente afea y desautoriza el libro de Torrente”. Contemporáneos de José Francisco Heredia son Fray José Félix Ravelo 140 , rector de la Universidad de La Habana en 1817; los jurisconsultos Gaspar de Arredondo y Pichardo, magistrado en la Audiencia del Camagüey, heredera de la de Santo Domingo mientras duraron los efectos del Tratado de Basilea, y Juan de Mata Tejada, pintor además e introductor de la litografía en Cuba; el médico y escritor José Antonio Bernal y Muñoz, catedrático de la Universidad habanera, uno de los propagadores de la vacuna en compañía de Romay. Pertenecen ellos a la primera generación de emigrados. Después se pueden discernir dos grupos: los hijos de dominicanos nacidos en nuevo solar y los nacidos todavía en la tierra de sus padres. En Cuba, la primera gran generación de pensadores y poetas, la primera de talla continental, la de Varela, Saco y Luz Caballero, está constituida en gran parte por los descendientes de dominicanos: Domingo Del Monte 141 , que comparte con Luz Caballero y Saco la dirección intelectual de la época (Luz practicaba el apostolado ético y la mayéutica filosófica, Saco señalaba orientaciones en problemas sociales y políticos, Del Monte ejercía la magistratura literaria, a la que servía de asiento su célebre tertulia); José María Heredia 142 , el poeta nacional de la patria cubana en esperanza; Narciso Foxá, versificador discreto; Francisco Javier Foxá, el dramaturgo; Esteban Pichardo, el lexicógrafo; Antonio Del Monte y Tejada, el historiador; Francisco Muñoz Del Monte, el poeta. De ellos, los tres primeros nacieron fuera de Santo Domingo: Del Monte en Venezuela; Narciso Foxá 143 en Puerto Rico; sólo Heredia en Cuba. Los cuatro últimos nacieron en Santo Domingo. Francisco Javier Foxá 144 es cronológicamente el primer dramaturgo romántico de América y uno de los primeros de la literatura hispánica: escribió su Don Pedro de Castilla en 1836, año siguiente al del estreno del primer drama español, plenamente romántico, el Don Alvaro de Rivas. Tuvo éxitos ruidosos, pero su obra es endeble. Esteban Pichardo 145 fue activísimo geógrafo y escribió el primer diccionario de regionalismos en América, después del incompleto ensayo del ecuatoriano Alcedo: hasta ahora, no sólo una de las mejores obras de su especie, sino una de las pocas buenas. Antonio Del Monte y Tejada 146 escribió en prosa magistral una Historia de Santo Domingo: esfuerzo grande para su tiempo, pobre en fuentes. Cuando deje de leerse como historia, podrá leerse como literatura. Francisco Muñoz Del Monte 147 , buen poeta, situado entre las postrimerías del clasicismo académico y los comienzos del romanticismo, ensayista de seria cultura filosófica y literaria. Todavía hay que recordar al naturalista y escritor Manuel de Monteverde 148, cuya honda inteligencia y extensa cultura recordó siempre con asombrada admiración el último gran maestro de Cuba, Enrique José Varona. Fuera de Cuba, los dominicanos tienen función menos importante. En Venezuela figura José María Rojas, economista y periodista que hizo buen papel en los años que siguieron a la independencia y fundó una casa editorial que luego mantuvieron sus hijos: dos de ellos, José María y Arístides, fueron escritores. Rafael María Baralt, el eminente autor de la Oda A Cristóbal Colón, de la Historia de Venezuela, del Diccionario de galicismos y del Discurso académico en memoria de Donoso Cortés (su obra maestra, cuya profundidad filosófica la hace muy superior a todas las demás, según Menéndez y Pelayo), era dominicano a medias: lo era por su ascendencia, a lo menos del lado materno, por su educación, en parte recibida en Santo Domingo, y hasta por el cargo de Ministro de la República Dominicana en Madrid, que desempeñó muchos años; al morir, legó su biblioteca a la ciudad primada 149 , 150 , 151 , 152 , 153 , 154 . |